Pobreza – Respuestas Veganas https://respuestasveganas.org Ética y veganismo. Más de 100 respuestas a argumentos. Sun, 02 Jun 2019 05:05:40 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=5.4.1 https://respuestasveganas.org/wp-content/uploads/cropped-favicon-rv-32x32.png Pobreza – Respuestas Veganas https://respuestasveganas.org 32 32 El marxismo y la cuestión de la especie (Renzo Llorente, 2012) https://respuestasveganas.org/renzo-llorente-marxismo-cuestion-especie-veganismo/ https://respuestasveganas.org/renzo-llorente-marxismo-cuestion-especie-veganismo/#respond Thu, 30 May 2019 23:00:00 +0000 https://respuestasveganas.org/2018/03/renzo-llorente-marxismo-cuestion-especie-veganismo.html Rebelión marxista en la granja

Renzo Llorente es profesor de Filosofía en Saint Louis University (Madrid) y es autor de numerosos artículos sobre filosofía política, ética aplicada y filosofía latinoamericana. Su artículo «El marxismo y la cuestión de la especie» fue publicado en el número 125 de la «Revista Viento Sur», en noviembre de 2012, (pags. 59-67).

La publicación de este artículo en RespuestasVeganas.Org no implica necesariamente estar de acuerdo con todas y cada una de las ideas expresadas por su autor; sin embargo, considero interesante su publicación por la aportación que puede hacer al movimiento abolicionista por los Derechos Animales (derecho a la salud y a la vida).

El marxismo y la cuestión de la especie

Como es sabido, Marx afirmaba que la liberación del proletariado traería consigo una “emancipación universal” (Marx, 1982, p. 501; cf. pp. 499-500), la cual suele identificarse con un mundo en el que ha sido eliminada toda expresión de explotación, dominación y opresión (o al menos las manifestaciones sistémicas de estos males). Si bien esta tesis de Marx ha sido discutida y criticada en repetidas ocasiones(1), tanto por los detractores del marxismo como por los que pertenecen a grupos oprimidos distintos del proletariado, muy pocas personas parecen haber reparado en la exclusión implícita de los animales no humanos de la esperada emancipación universal. Millones de animales no humanos son sometidos a la explotación, dominación y opresión, y por tanto sería de esperar que ellos también se beneficiaran de una emancipación universal, entendida en el sentido marxista. Aun así, dentro de la tradición marxista son contados las y los teóricos que han reconocido la necesidad de replantear la noción de “emancipación universal” a fin de que abarque también la liberación de los animales no humanos(2). De hecho, por lo general las y los marxistas han mostrado incomprensión, indiferencia o incluso cierto desprecio hacia el movimiento por la liberación animal(3), a pesar de manifestar simpatía y solidaridad hacia otros movimientos sociales que también han surgido y se han consolidado durante las últimas décadas (por ejemplo, el movimiento ecologista, el movimiento feminista o el movimiento por la liberación de los gays y lesbianas).

En este ensayo presento algunas consideraciones que respaldan la tesis de que las y los marxistas deben reconocer y defender las necesidades de animales no humanos que sufren formas de opresión, explotación y dominación diseñadas y sostenidas por seres humanos. Si mis argumentos están en lo cierto, los marxistas deberían incluir la liberación animal entre sus reivindicaciones, y deberían hacerlo por las mismas razones que los llevan a comprometerse con la liberación de la clase trabajadora y otros grupos oprimidos(4).

Contrariamente a lo que muchos tienden a creer, existen varias afinidades fundamentales entre el marxismo y el movimiento por la liberación animal, como Ted Benton ya observó hace casi dos décadas, en su libro «Natural Relations» («Relaciones Naturales»). ¿Cuáles son estas afinidades? Veamos algunas de ellas brevemente y empecemos con los paralelismos más obvios, pero importantes, entre estas dos tradiciones.

Podemos constatar, en primer lugar, uno de los paralelismos más llamativos entre la liberación animal y el marxismo en el hecho de que las estructuras y los métodos de explotación, dominación y opresión sistemáticas a las que se enfrentan los dos movimientos son extraordinariamente parecidos. Consideremos, por ejemplo, una de las principales preocupaciones de quienes abogan por la liberación animal: el sistema de cría y gestión de los animales conocido comúnmente como “la granja industrial”. La motivación que lleva a quienes se interesan por el bienestar de los animales a condenar las granjas industriales se centra en los innumerables daños que sufren los animales criados en estas condiciones, los cuales generalmente incluyen severas limitaciones al desarrollo, funcionamiento y comportamiento normales de los animales, así como formas de tratamiento que tienden a producir un dolor físico agudo, las más de las veces sin ninguna posibilidad de alivio. Aunque las críticas a las granjas industriales centradas en estos males se entienden fácilmente, no se suele apreciar el gran parecido entre estas críticas –sobre todo cuando se exponen con detalle– y las denuncias de las y los marxistas con respecto a la organización del trabajo en una típica fábrica capitalista. Pero resulta que, como señala Benton muy acertadamente,

gran parte del contenido del contraste de Marx entre una vida humana llena o emancipada y una existencia deshumanizada y enajenada puede también aplicarse al análisis de las condiciones impuestas por regímenes de cría intensiva (es decir, el sistema que rige las “granjas industriales”) en el caso de los animales no humanos (Benton, 1993, p. 59; traducción propia).

No es sorprendente, por tanto, que muchas categorías analíticas marxistas también se presenten como las herramientas más adecuadas para fundamentar una condena de las granjas industriales.

Otro importante paralelismo entre el marxismo y el movimiento por la liberación animal se debe al hecho de que se utilicen métodos y técnicas muy similares para ocultar y mantener tanto el maltrato de los animales encerrados en las granjas industriales como la opresión de los trabajadores bajo el capitalismo. Es decir, existe un parecido evidente con respecto a los métodos o técnicas que dificultan una posible concienciación acerca de las injusticias inherentes en nuestro sistema actual de producción de alimentos y los que se emplean para ocultar las injusticias presentes en el sistema capitalista de producción de mercancías y de provisión de servicios. Al analizar el capitalismo críticamente, las y los marxistas deben bregar con la complejidad del proceso de producción y distribución, así como con las técnicas de marketing y con los mecanismos ideológicos que impiden apreciar los daños padecidos —un ambiente laboral insalubre, una remuneración inadecuada, una ausencia total de autonomía laboral, una división del trabajo opresora, una estructuración rígida de las rutinas ocupacionales, etc.— en la creación de muchos de los bienes y servicios que disfrutamos y cuya disponibilidad damos por sentada. Del mismo modo es evidente, tal como afirma Benton en un artículo escrito en colaboración con Simon Redfearn, que

las formas institucionales y las imágenes difundidas por las campañas de marketing de la industria cárnica conspiran para asegurar que el proceso desaparece en el producto’ de modo aún más decisivo que en el caso de todos los demás productos de consumo. Los consumidores de carne cada vez más frecuentemente adquieren dicho producto en formas altamente procesadas, envuelto de tal modo que no evocan para nada su naturaleza de cadáver de animal muerto (Benton y Redfearn, 1996, p. 47; traducción propia).

Una tercera similitud básica entre el marxismo y la liberación animal tiene que ver con sus respectivas pretensiones emancipatorias y el radicalismo de sus planteamientos frente a la sociedad actual. Con respecto a las pretensiones emancipatorias de la liberación animal, cabe destacar que, al igual que ocurre en el caso del marxismo, se suele afirmar que la liberación animal trasciende los intereses seccionales de un grupo oprimido y serviría a su vez para eliminar otras formas de opresión, a saber, algunas formas de opresión humana. En palabras de Peter Singer, “La liberación de los animales es, también, la liberación de los humanos” (Singer, 1999, p. 25). La “liberación” a la que Singer alude en este pasaje tiene que ver con el beneficio que recibirían los seres humanos desnutridos como consecuencia de la adopción universal del vegetarianismo, dado el derroche masivo generado por el presente sistema de producción de carne. Pero afirmar que la liberación animal traería consigo la liberación humana también ha sido interpretado en términos de una liberación gustativa, en el sentido de que poner fin a la dependencia psicológico-cultural de una dieta basada en el consumo de carne posibilitaría la aparición de nuevos gustos y apetitos, al tiempo que nos impulsaría a satisfacerlos. Por otro lado, hay quienes sostienen que la liberación animal acarrearía una especie de liberación humana también en la medida en que la inclusión de (al menos algunos) animales dentro de la comunidad moral y el debido reconocimiento de nuestras obligaciones morales para con ellos nos permitiría alcanzar una mayor coherencia ética y realzaría así nuestro calibre moral(5).

Respecto al radicalismo del movimiento “animalista”, la consecución de la liberación animal supondría una transformación radical de nuestras sociedades por la redefinición de la comunidad moral que conlleva. Como ha señalado Steven Sapontzis, “los animales forman el grupo más extensa y completamente explotado en la tierra. Por tanto, liberar a los animales tendría el mayor impacto en nuestras vidas de cualquier movimiento de reforma moral hasta ahora” (Sapontzis, 1987, p. 197; traducción propia). La tesis de Sapontzis no supone ninguna exageración: un cambio profundo en el estatus moral que otorgamos a muchos tipos de animales no humanos y la correspondiente redefinición de nuestros deberes hacia ellos provocaría, sin duda alguna, una transformación radical en numerosísimas costumbres, leyes, instituciones, etc. Sin ir más lejos, la adopción generalizada del vegetarianismo exigiría unos cambios muy considerables en nuestro estilo de vida personal, por no hablar de la extensa reestructuración socioeconómica que tal medida haría necesaria.

Este radicalismo es, dicho sea de paso, una de las razones por las que mucha gente percibe la liberación animal como un movimiento vagamente amenazante y hasta subversivo, lo cual nos recuerda la inquietud que la perspectiva de una revolución socialista produce incluso entre algunas de las personas que más se beneficiarían de ella. Es más, es probable que un compromiso con la liberación animal, acompañado de la adopción del vegetarianismo moral que normalmente conlleva, suscite aún más hostilidad e incomprensión entre los demás (o sea, entre los que no comparten este compromiso) que, por ejemplo, una defensa de un punto de vista ultra-izquierdista ante los que tienen una postura muy conservadora. Aunque hay, seguramente, varias razones que explican esta actitud hacia los que han abrazado la causa de la liberación animal, quizá la más decisiva tenga que ver con el cuestionamiento de identidad cultural que el compromiso con la liberación animal conlleva. No olvidemos que comprometerse con la causa de la liberación animal obliga a repensar y modificar varias actividades, tales como las comidas, que por lo general se consideran “pre-políticas” y moralmente neutrales; las exigencias de los defensores de la liberación animal tienden a ser percibidas, por tanto, como especialmente alienantes: ellos parecen poner en duda y politizar algunas de la actividades y relaciones que forman la base de nuestros vínculos más básicos con familiares y amigos. Y huelga decir que ello no puede dejar de afectar a dichos vínculos.

Lo que acabo de describir son, a mi entender, las afinidades y semejanzas más destacables entre el marxismo y la liberación animal en un plano un tanto superficial, o en todo caso en el plano práctico y político. Pero existe también una afinidad normativa entre el marxismo y la liberación animal a un nivel mucho más fundamental –es decir, en un orden teórico–, la cual explica la naturaleza de la condena de la dominación, explotación y opresión que es común a los dos movimientos. Esta afinidad consiste principalmente en un compromiso con el igualitarismo radical. En el caso de la liberación animal, este compromiso se plasma en la afirmación del principio de igual consideración de intereses.[1]

Dicho principio nos obliga a “otorgar el mismo peso moral a los intereses relevantemente similares de individuos diferentes” (DeGrazia, 1998, p. 163; traducción propia). Es decir, si suscribimos el principio de “igual consideración de intereses” y algunos intereses similares de individuos distintos se ven afectados de la misma manera (teniendo en cuenta las diferencias entre los portadores de dichos intereses), debemos conceder a estos intereses la misma consideración. Así pues, según este principio el interés de dos individuos en evitar cierto dolor o sufrimiento, por ejemplo, debería recibir la misma consideración, aunque uno de estos individuos no sea un ser humano. Por tanto, si se somete a dos seres a niveles de dolor que constituyen, dadas sus capacidades respectivas, grados comparables de sufrimiento o zozobra, el mal moral del dolor infligido debería ser considerado el mismo en los dos casos(6).

Está claro, en fin, que se debe considerar el principio de “igual consideración de intereses” la expresión de un igualitarismo radical, puesto que este principio nos obliga a tener presentes los intereses de todos los seres afectados por un acto o una práctica, independientemente de la especie a la que pertenezcan. Por consiguiente, en la medida en que este principio sirve como fundamento para la liberación animal, cabe afirmar que la base moral de este movimiento reside en un igualitarismo radical.

En cuanto al marxismo, el compromiso con una forma de igualitarismo radical es también fundamental, si bien menos explícito. Se puede apreciar, por ejemplo, en el conocido pasaje del Anti-Dühring en el que Engels aclara que la “supresión de las clases” constituye “el contenido real de la exigencia proletaria de igualdad” (Engels, 1968, p. 96; cursiva en el original). La desaparición de las clases constituiría una forma de igualitarismo radical, ya que, además de ofrecer una igualdad mucho más profunda que la que encontramos en los otros modelos estándares de igualdad política y social, dicho orden social seguramente no dejaría de producir una “igualdad de condición” parecida a la que convencionalmente está asociada precisamente con el término igualitarismo radical. Pero hay otro pasaje de la obra de Marx y Engels que también expresa el compromiso marxista con un igualitarismo radical y que además formula dicho compromiso de manera que resulta más o menos equivalente al principio de “igual consideración de intereses”. Este pasaje aparece en la Crítica del Programa de Gotha y constituye una de la más conocidas consignas de Marx: “¡De cada cual, según sus capacidades; a cada cual, según sus necesidades!” (Marx, 1971, p. 24)(7). La semejanza de este principio con el de “igual consideración de intereses” es muy llamativa, y lo es más aún una vez que reconocemos que las “necesidades”, en el sentido de la consigna de Marx, pueden interpretarse como “intereses esenciales generales”(8). Por lo tanto, insistir en que el trato que alguien recibe se debe determinar en función de sus necesidades equivale a decir, en la práctica, que el trato que recibe debe determinarse en función de ciertos intereses que tiene. Como, además, es de suponer que Marx y Engels defienden la misma consideración para todos –el único procedimiento coherente en una sociedad en la que las divisiones de clase han sido suprimidas–, el principio enunciado por Marx viene a significar aproximadamente lo mismo que el de “igual consideración de intereses”, el cual es, como acabamos de ver, precisamente el principio que suelen invocar los animalistas al exigir una mayor consideración para con el bienestar de los animales.

Como he tratado de demostrar en las líneas anteriores, existen muchas afinidades básicas, y hasta fundamentos normativos similares, entre el marxismo y la liberación animal. Si es así, ¿cómo explicar el hecho de que por lo general las y los marxistas no se tomen en serio las pretensiones del movimiento por la liberación animal?

Si hay muchas razones que llevan a la gran mayoría de las y los marxistas a desatender la causa de la liberación animal, la más decisiva, sin lugar a dudas, es la misma razón por la cual la mayoría de las personas, sea cual sea su inclinación política, continúa mostrando indiferencia o desdén hacia este movimiento: a saber, una adherencia más o menos consciente al especismo.[2] En su sentido más amplio, el especismo se refiere a cualquier discriminación en función de la especie. Es decir, practicamos el especismo siempre que tratamos los intereses de otras especies (o los de miembros determinados de otras especies) con menos consideración que la que damos a similares intereses humanos y por la sencilla razón de que los portadores de aquellos intereses no son seres humanos. (Cuando se trata de intereses que los seres humanos no tienen, el especismo se refleja en la tendencia a desatender estos intereses completamente o a otorgarles sólo la más mínima consideración.)

Si es cierto que el especismo explica la indiferencia hacia la liberación animal en el caso de la mayoría de las y los marxistas, nos deberíamos plantear dos interrogantes: ¿Es el especismo moralmente defendible?; y: ¿Hay algún componente del marxismo que lo obligue a abrazar el especismo?

Con respecto a la primera pregunta, me limitaré a decir que considero el especismo filosóficamente insostenible y que una justificación coherente del especismo aún está por aparecer(9). En cuanto a la segunda pregunta, parece evidente que no existen elementos esenciales al marxismo que lo condenen a una postura especista, ya nos centremos en cuestiones en mayor o menor grado prácticas y políticas o bien nos ocupemos de consideraciones más fundacionales. No hay ninguna razón práctica o política porque no existen conflictos de interés esenciales entre las víctimas de la opresión de clase y los animales no humanos oprimidos. Dicho crudamente, la defensa de los intereses de los animales no perjudica los intereses de la clase obrera, dado que no tiene que afectar negativamente a los intereses económicos de dicha clase, ni supone un impedimento para la consecución de sus objetivos políticos, ni sirve para reforzar la estabilidad estructural del capitalismo(10).

En lo que respecta a la teoría, hay menos razón aún para pensar que el marxismo presupone o implica alguna aceptación del especismo. Ello es así porque un materialismo consecuente –y máxime un materialismo asentado en una explicación evolutiva del desarrollo de los seres humanos– es incompatible con el supuesto de una oposición radical entre los seres humanos y todas las demás especies, el cual suele ser una premisa esencial del especismo. Hay, además, otra razón, vinculada a la orientación moral del marxismo que he comentado antes, para suponer que el marxismo no tiene que basarse en ningún tipo de especismo y es que, como subraya Benton, “para el principio socialista de justicia distributiva (plasmada en la famosa consigna de la Crítica del Programa de Gotha)…no existe un obstáculo ontológico para su extensión más allá de las fronteras de las especies” (Benton, 1993, p. 212; traducción propia). Del mismo modo que aplicar este principio únicamente a un sexo, a una raza, a un grupo étnico, etc. sería basar su aplicación en criterios moralmente arbitrarios, también sería arbitrario restringir su aplicación según criterios de especie, o sea, restringir su aplicación a los seres humanos. Entonces, si consideramos el principio “¡De cada cual, según sus capacidades; a cada cual, según sus necesidades!” un componente esencial del marxismo y este principio no implica ninguna forma de discriminación en función de la especie, se puede concluir que no hay ningún motivo para que ni el marxismo ni la concepción de sociedad comunista que este movimiento reivindica tengan una orientación especista. Por lo demás, si de la sociedad comunista se trata, merece la pena recordar que el propio Engels sostiene que el establecimiento de una sociedad sin clases facilitará u operará un notable progreso moral (Engels, 1968, p. 83)(11). Pues bien, si el progreso moral exige la superación del especismo (por ser moralmente insostenible) y la sociedad comunista habrá de generar progreso moral, es de esperar que el conjunto de preceptos que sustituya una moralidad sesgada por la influencia de las divisiones de clase estará exento del especismo que ha caracterizado casi todos los códigos y actitudes morales a lo largo de la historia humana.

En este breve artículo me he planteado aclarar algunas de las afinidades, tanto teóricas como prácticas, entre el marxismo y el movimiento por la liberación animal, y de esta manera ayudar a impulsar un acercamiento del primero al segundo. Si se produce este acercamiento y el marxismo integra en su postura política un compromiso con los animales explotados y oprimidos, se podrá afirmar con más razón aún que la liberación que el marxismo promete se aproxima a una liberación verdaderamente universal.

Notas

(1) Para una reconsideración de esta tesis y defensa de su plausibilidad, véase Llorente, 2013.
(2) Para algunas referencias a textos escritos desde una perspectiva marxista (o cercana al marxismo) que defienden un compromiso con la liberación animal, véase Llorente, 2010, p. 316, nota 7.
(3) El término “liberación animal” se refiere a la emancipación de los animales no humanos de aquellas formas de dominación, explotación y opresión que sobre ellos practican los seres humanos.
(4) Algunos de los argumentos que presento a continuación están basados en un trabajo anterior mucho más amplio (véase Llorente, 2010).
(5) Para una breve pero temprana exposición de esta última tesis, véase Salt, 1999, pp. 103-104.
(6) DeGrazia añade que “a un nivel abstracto, la igual consideración hacia los animales prohibiría descartar sin más los intereses animales, la devaluación general de sus intereses con respecto a los nuestros. (…) A un nivel práctico, la igual consideración hacia los animales prohibiría la anulación rutinaria de los intereses animales en nombre del beneficio humano” (1998, p. 162; traducción propia).
(7) Merece la pena recordar que Marx no creó este lema; ya lo había utilizado Saint-Simón y la misma consigna, o una variante de ella, también puede encontrarse en las obras de Cabet y Louis Blanc.
(8) Tomo este concepto de las necesidades (needs) de Weale, 2000, p. 620.
(9) Para un resumen y una refutación de los argumentos más comunes a favor de la postura especista y en contra de la liberación animal en general, véase Singer, 1999, capítulo 6.
(10) Para un tratamiento más detallado de estas cuestiones, véase Llorente, 2010, pp. 123-126.
(11) Algunos marxistas rechazan –a mi juicio, erróneamente– el concepto de “progreso moral”, pues sostienen que el materialismo histórico no puede admitir la validez de comparaciones transhistóricas, sin las cuales el concepto de “progreso moral” no tiene sentido. La coherencia de este tipo de comparaciones, según señalan, presupone baremos transhistóricos pero el materialismo histórico niega la posibilidad de tales baremos, ya que los valores que se emplean en estos baremos siempre serán, a fin de cuentas, el producto o resultado de un determinado modo de producción.

Bibliografía citada

Benton, T. (1993) Natural Relations. Londres y Nueva York: Verso.
Benton, T. y Redfearn, S. (1996) “The Politics of Animal Rights—Where is the Left?”. New Left Review, 215, 43-58.
DeGrazia, D. D. (1998) “Equal Consideration”. En M. Bekoff y C. A. Meaney (eds.) Encyclopedia of Animal Rights and Animal Welfare. Westport, Connecticut: Greenwood Press.
Engels, F. (1968) Anti-Dühring. La subversión de la ciencia por el señor Eugen Dühring. Trad. M. Sacristán. México, D.F.: Editorial Grijalbo, S.A.
Llorente, R. (2010) “Reflections on the Prospects for a Non-Speciesist Marxism”. En J. Sanbonmatsu (ed.) Critical Theory and Animal Liberation. Lanham, Maryland: Rowman and Littlefield.
Llorente, R. (2013) “Marx’s Concept of ‘Universal Class’: A Rehabilitation”. Science & Society (en prensa).
Marx, C. (1971) Crítica del Programa de Gotha. Madrid: Ricardo Aguilera.
Marx, C. (1982) En torno a la crítica de la filosofía del Derecho de Hegel. Introducción. En W. Roces (ed.) C. Marx, Escritos de Juventud. México, D.F.: Fondo de Cultura Económica.
Salt, H. S. (1999) Los derechos de los animales. Ed. Jesús Mosterín. Trad. C. Martín y C. González. Madrid: Los Libros de la Catarata.
Sapontzis, S. (1987) Morals, Reason, and Animals. Filadelfia: Temple University Press.
Singer, P. (1999) Liberación Animal. Madrid, Editorial Trotta, 1999.
Weale, A. (2000) “Needs and Interests”. En The Concise Routledge Encyclopedia of Philosophy: Londres y Nueva York: Routledge.

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ARGUMENTO: “El veganismo no ayuda a reducir la pobreza” https://respuestasveganas.org/argumento-veganismo-no-ayuda-erradicar_6474/ https://respuestasveganas.org/argumento-veganismo-no-ayuda-erradicar_6474/#respond Thu, 28 Jun 2018 20:01:00 +0000 https://respuestasveganas.org/2018/06/argumento-veganismo-no-ayuda-erradicar_6474.html
RESUMEN: ¿Consumir productos de origen animal genera pobreza? Éstas son algunas de las preguntas a las que aquí voy a responder.La pobreza es la situación en la que alguien no tiene recursos para vivir sanamente, y por lo tanto vive una situación en la que se está violando su derecho ético a la salud y a la vida. Las personas con menos recursos económicos tienen una mayor dependencia del medio ambiente que les rodea para obtener agua y alimentos. El consumo de productos de origen animal es una de las principales causas que producen contaminación y destrucción del medio ambiente. Además, el consumo de carne, leche y huevos hace aumentar la demanda de cereales y de soja para alimentar a los animales que hay en las granjas y esto tiene como consecuencia que aumenten los precios de la tierra, de los cereales y de la soja, sobretodo cuando hay sequías. En la economía capitalista se da prioridad a la alimentación de los animales de las granjas porque la venta de la carne, leche y huevos produce más beneficios económicos que vender cereales y soja a pobres.

Palabras clave: pobreza

El veganismo ayuda a erradicar la pobrezaAlgunas personas no saben qué es la pobreza. La pobreza es la situación en la que alguien no tiene recursos para vivir sanamente, y por lo tanto vive una situación en la que se está violando su derecho ético a la salud y a la vida. Cuando alguien es pobre padece alguna de estas consecuencias: a) no puede obtener una alimentación sana; b) no tiene un hogar donde protegerse del frío, del calor y de otros peligros. Cada año, millones de humanos son asesinados por negarles una alimentación sana y medicinas. Los niños a quienes les niegan comida padecen diarreas que les hacen morir por deshidratación. En enero de 2009, se daba la cifra de 16.000 niños asesinados por omisión cada día. En noviembre de 2012, el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) elevó la cifra a 19.000 niños asesinados por omisión cada día, un tercio de éstos mueren de manera directa o indirecta, por desnutrición. Jean Ziegler, ponente especial de la ONU sobre el derecho a la alimentación describía así la situación: «Cada cinco segundos se muere un niño de hambre. Un niño que se muere de hambre realmente es un asesinato». El asesinato por omisión es la idea esencial que defiende la ideología liberal[1], que busca normalizar la pobreza para que los ricos obtengan mayores beneficios económicos.Algunas personas dicen que «la pobreza de los humanos es un problema más importante que las matanzas de animales no humanos». Podemos ser veganos y además preocuparnos por quienes son humanos, es perfectamente compatible[2], de hecho el respeto a los humanos está implícito en la definición de veganismo, pues también son seres sintientes. En cuando a donar dinero para ayudar a los humanos pobres existen ONGs que les proporcionan una alimentación vegana: Food for Life Global, Food Not Bombs, HIPPO, etc. Las raciones especiales de nutrición que la FAO envía a los niños desnutridos son veganas. Que se produzca una justa distribución de la producción mundial de vegetales también depende de otros factores, sobretodo de la aceptación de la Ética por parte de la sociedad y por lo tanto de la práctica vegana. Una sociedad vegana estaría más concienciada contra sufrimiento ajeno que la actual sociedad basada en la depredación de otros individuos sintientes, en la depredación ambiental, en la depredación económica, etc. y, por lo tanto, también estaría mas concienciada contra el sufrimiento que implica la pobreza.

Algunas personas dicen que «la contaminación y la destrucción del medio ambiente no aumentan la pobreza». Sin embargo, las personas con menos recursos económicos tienen una mayor dependencia del medio ambiente que les rodea para obtener agua y alimentos. Por ejemplo, cuando se contamina un río, los pobres beben agua contaminada o tienen que dedicar muchas horas cada día sólo para conseguir agua. Cuando el agua escasea, ellos son los más perjudicados y pierden sus cosechas de autoconsumo. Las selvas son arrasadas por una industria ganadera que busca suelos fértiles una y otra vez. Para producir un sólo kilo de carne se necesitan: 7-16 kilos de grano o habas de soja, hasta 15.500 litros de agua y 323 metros cuadrados de dehesas. Según la FAO, el 60% de la tierra agrícola mundial se emplea para alimentar a los animales explotados[9] y 1/4 de las tierras cultivables mundiales se destinan a alimento animal. En total, 2/3 de la extensión agrícola mundial y 1/3 de la extensión terrestre global se emplean para alimentar a animales en las explotaciones ganaderas.[10] Por lo tanto, la contaminación y la destrucción del medio ambiente aumentan la pobreza.

Algunas personas dicen que «el veganismo no es más ecológico». Sin embargo, en otro artículo ya demostré que el consumo de productos de origen animal es una de las principales causas que producen contaminación y destrucción del medio ambiente[3], empeorando las condiciones de vida de quienes son más pobres. La alimentación vegana contribuye a no empeorar dichas condiciones de vida.

Algunas personas dicen que «no existe una relación entre el consumo de carne en los países ricos y la subida de los precios de los cereales en los países pobres». Los granjeros de los países en vías de desarrollo que acostumbraban a cosechar alimentos para sus familias están abandonando sus cosechas tradicionales en favor de criar animales para venderlos a los llamados «comedores de carne» de los países industrializados o como biocombustibles. En las granjas de todo el mundo existen miles de millones de vacas, cerdos, ovejas, pollos, etc. que demandan enormes cantidades de piensos a base de cereales y soja cada día. Cuando debido al calentamiento global se produce una sequía, disminuyen la cosechas de cereales y de soja, por lo que aumentan los precios del cereal y de la soja. La poca oferta de cereales y la gran demanda de estos es aprovechada por multinacionales para especular con los precios. Bancos y multinacionales como ADM, Barclays, Glencore, Monsanto, etc. compran gran cantidad de la poca oferta de cereales disponibles y luego especulan con los precios (a más escasez mayores precios), al haber una gran demanda de estos: el producto se lo lleva el mejor postor. La subida del precio del cereal tiene como consecuencia que los humanos más pobres no puedan comprar la cantidad de cereal que necesitan para sobrevivir y que por lo tanto mueran de hambre. Entonces en la televisión nos «informan» de las «hambrunas» que hay en África, las cuales son la consecuencia de comer carne en los países ricos. En las granjas de los países ricos no muere ninguna vaca de hambre, pues hay dinero para comprar el precio del cereal y así luego asesinarlas para obtener beneficios con la venta de la carne.

Si los humanos dejaran de comprar carne, leche y huevos entonces disminuiría enormemente la demanda de cereales y de legumbres que son necesarios para alimentar a los miles de millones de animales no humanos que hay en granjas. Dicha gran reducción en la demanda de cereales y de soja haría aumentar grandemente la oferta y por lo tanto bajarían mucho los precios. Al no haber escasez se reduciría drásticamente la posibilidad de especular con los precios de los alimentos.

Tradicionalmente, los animales explotados se alimentaban en las tierras de pastoreo. Fue recién en el siglo XX cuando se comenzaron a convertir vastas extensiones de tierra cultivable, que producían granos alimentarios, en tierras de producción de forraje para que los consumidores pudieran consumir grandes cantidades de carne de animales alimentados con él. Al existir más tierras dedicadas al cultivo de forraje, millones de los humanos más pobres del mundo han sido relegados a las tierras más marginales o desarraigados por completo, lo que les dificulta cada vez más mantener una ingesta calórica diaria siquiera modesta. Las personas que poseen tierras en los países pobres prefieren utilizarlas para cultivar comida para alimentar a animales no humanos, pues obtienen más beneficio vendiendo esa comida a los países ricos o alimentando a animales no humanos que luego exportan que vendiéndo comida a los pobres, los cuales no pueden pagar por dichos productos encarecidos:

 

«En Centroamérica, el 40 por ciento de las selvas tropicales han sido taladas o quemadas en los pasados 40 años, principalmente para pastos de ganado vacuno para el mercado de exportación, a menudo para carne de las hamburguesas de EEUU. La carne es demasiado cara para los pobres en los países exportadores de carne, pero sin embargo en muchos casos los pastos del ganado vacuno han sustituido a formas de agricultura tradicional muy productiva». John Revington en World Rainforest Report

Este patrón de desigualdad orienta la asignación de recursos, no en respuesta a las necesidades de la población local, frecuentemente subalimentada, sino respondiendo a las demandas de los centros de consumo superfluo. Bangladesh es uno de los países más pobres del mundo, pero ha llegado a exportar granos a pesar del déficit de consumo interno, debido no a la existencia de excedentes internos reales, sino a que la población local carecía de poder comprador.

– El doctor Waldo Bello, director ejecutivo del Instituto de Políticas de Alimentación y Desarrollo, afirma que «hay suficiente comida en el mundo para todos. Pero trágicamente muchos de los recursos mundiales de comida y tierra están atados a la producción de reses y otro tipo de ganado —comidas de los bien acomodados—, mientras millones de niños y adultos sufren de hambruna y malnutrición. En América Central las cosechas de primera necesidad han sido reemplazadas por la cría de ganado vacuno, la cual ocupa dos tercios de la tierra arable».

– De acuerdo con el economista Jeremy Rifkin, presidente de The Foundation on Economic Trends (La Fundación de Tendencias Económicas), 80% de los niños hambrientos del mundo viven en países con sobreproducción de alimentos. Sin embargo, su exceso de grano es utilizado para alimentar animales para consumo de los humanos acomodados. E incluso, la mayoría del grano que exporta Estados Unidos a otros países es utilizado para alimentar a animales no humanos en lugar de a humanos.

«La ironía del sistema de producción de alimentos es que millones de consumidores adinerados en los países desarrollados mueren de las enfermedades de la opulencia, los ataques cardíacos, las apoplejías, la diabetes y el cáncer, causadas por atiborrarse de carne de res y de otros animales, alimentados con cereales y soja, mientras que los pobres del Tercer Mundo fallecen a causa de las enfermedades de la pobreza, porque se les niega el acceso a las tierras para cultivar los cereales con que alimentar directamente a sus familias.» Jeremy Rifkin, en Los Angeles Times

– Según un informe del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos, más del 90% de la producción norteamericana de cereales se emplea para cebar a vacas, cerdos, ovejas y pollos. Esa utilización de los cereales para producir carne resulta increíblemente cara. De hecho, y siempre según ese mismo informe, se demuestra que por cada dieciséis kilos de cereales no se obtiene más que un kilo de carne bovina.

– Los animales explotados consumen el 90% de la cosecha de soya de EEUU, además de 80% de su maíz y 70% de su grano. David Pimentel, profesor de Entomología en Cornell, señala que «si todo el grano que actualmente alimenta al ganado en Estados Unidos fuera consumido directamente por personas, el número de éstas que pudieran ser alimentadas ascendería a 800 millones». De acuerdo con el Departamento de Agricultura de Estados Unidos, cerca de 80% de toda la tierra destinada a la agricultura en este país es usada, de una forma u otra, para criar animales. Esa es, grosso modo, la mitad de la masa terrestre de Estados Unidos, donde dicha tierra es usada para hacer crecer cosechas para alimentar animales, y proveerles espacio para pastar.

«Si todo el mundo siguiera una dieta estilo norteamericano, sólo la mitad de la población mundial se  podría alimentar». Extraído del documental «Devorar la Tierra»

– Según el documental Cowspiracy (Kip Andersen, Keegan Kuhn, 2014), el 82% de los niños con malnutrición vive en países donde se alimenta a animales en sistemas ganaderos que matan luego para alimentar a gente más rica en países desarrollados como Estados Unidos y Europa. (Fuente: elcorreoweb.es)

– En abril de 2011, las empresas, de propiedad brasileña, River Plate S.A. y BBC S.A., cayeron en una intervención durante una operación secreta llevada a cabo por las autoridades del país y por las autoridades indígenas en la región del Chaco (norte de Paraguay).[11] Los adinerados terratenientes fueron pillados con las manos en la masa en Paraguay después de que se difundieran unas imágenes captadas vía satélite que demuestran la alarmante destrucción que han llevado a cabo en casi 4.000 hectáreas de bosque. En esa región viven los ayoreo-totobiegosode, el último pueblo indígena no contactado que queda fuera de la Amazonia. La mayor parte de la tierra ancestral de estos indígenas ha sido ocupada por terratenientes con negocios privados que se dedican a la ganadería. Ahora los miembros ya sedentarizados de este pueblo indígena temen por las vidas de sus familiares aislados. Ojnai, un hombre ayoreo, dijo a Survival International: «Estoy preocupado por esta destrucción, porque no sabemos exactamente dónde vive la gente que sigue aún en el bosque. Tengo una hermana entre ellos. Por eso que no queremos que los foráneos destruyan más bosque con sus excavadoras». El Instituto Paraguayo del Indígena (INDI) manifestó recientemente que otro terreno de 34.000 hectáreas comprado por los terratenientes se entregaría a los ayoreo, pero la fecha aún está por determinar. Las negociaciones con otras empresas (incluida otra firma brasileña, Yaguareté Porá) han sido un fracaso hasta la fecha, ya que estos magnates del vacuno se han negado revender las tierras ancestrales de los ayoreo. «Estos terratenientes, al igual que los totobiegosode, no tienen dónde esconderse. Las imágenes de satélite hacen prácticamente imposible que la deforestación generalizada pase desapercibida, pero las autoridades deben actuar antes de que esto suceda, no una vez que los bosques ya hayan sido arrasados», declararon fuentes internas a Survival International.

– En 2011, los agricultores de todo el mundo produjeron mucho más granos que nunca antes. Estimaciones del Departamento de Agricultura de Estados Unidos indican que la cosecha a nivel mundial llegó a 2295 millones de toneladas. Esto es 53 millones más que el récord previo de 2009, Pero el consumo aumentó 90 millones de toneladas en 2011, para sumar 2280 millones. Como la producción de grano fue deficitaria respecto del consumo en siete de los últimos 12 años, las reservas son todavía muy bajas, lo que deja al mundo en una situación de vulnerabilidad ante los nuevos aumentos de los precios. Este aumento tan grande del consumo es debido a que los humanos deben compartir los cereales con los miles de millones de animales que viven en las granjas y con las destiladoras que producen etanol.

– El 2 de junio de 2010, el diario «The Guardian» publicó un artículo titulado «UN urges global move to meat and dairy-free diet» en el que se indica que «un cambio global hacia una dieta vegana es vital para salvar al mundo del hambre, la escasez de combustible y los peores impactos del cambio climático» en referencia a un informe de la ONU titulado «Assessing the environmental impacts of consumption And production. Priority Products and Materials». En el informe se indica que «Se espera que los impactos de la agricultura aumentarán sustancialmente debido al crecimiento de la población y al creciente consumo de productos de origen animal. A diferencia de los combustibles fósiles, es difícil buscar alternativas: la gente tiene que comer. Una reducción sustancial de los impactos sólo sería posible mediante un cambio sustancial en la alimentación en todo el mundo, lejos de los productos de origen animal».

– En abril de 2008, el periódico The Guardian publió un artículo de George Monbiot titulado «The Pleasures of the Flesh», en el que se puede leer lo siguiente:

«Hay mucha comida. No está llegando a los estómagos humanos. De los 2.130 millones de toneladas que probablemente se van a consumir este año, solamente 1.010 millones, según la Organización para la Agricultura y la Alimentación de las Naciones Unidas, alimentarán a personas… Pero hay una razón más grande para el hambre global, que está atrayendo menos atención solamente porque ha estado allí mucho tiempo. Mientras que 100 millones de toneladas de comida serán desviadas este año para alimentar coches, 760 millones de toneladas serán arrebatadas de las bocas de los humanos para alimentar animales, que podrían cubrir el déficit de comida a nivel mundial 14 veces. Si te preocupa el hambre, come menos carne». George Monbiot, «The Pleasures of the Flesh»

– En enero de 2008, el periódico The New York Times publicó un artículo de Mark Bittman, que no es vegetariano, titulado «Rethinking the Meat-Guzzler», donde el autor explica el costo perjudicial del consumo de carne para nuestro planeta, nuestra salud y para los pobres[7].

– En 1999, Compassion in World Farming (CIWF), publicó un informe titulado «Ganadería industrial y medio ambiente» (Factory Farming and the Environment), donde se dice lo siguiente:

«La producción de proteínas animales representa un uso ineficiente de los recursos del agua y de la tierra. Los animales de granja convierten las proteínas vegetales en proteínas animales con una eficiencia baja —generalmente en torno al 30%-40% y sólo un 8% en el caso de la producción de carne de vaca—.(…) En las próximas dos décadas, se hará mucho más urgente el problema de cómo alimentar al menos a 8.000 millones de personas al mismo tiempo que se protegen los recursos naturales de la tierra, el agua, el aire y los animales salvajes. La extensión de factorías intensivas de animales por el mundo no se puede considerar como una solución sostenible». CIWF, 1999

La alimentación carnívora implica un mayor consumo de petróleo, agua, extensión de tierra, fertilizantes y pesticidas que una alimentación vegetariana.

– En 1990, el programa de hambre en el mundo de la Brown University calculó que los cultivos mundiales, si fueran distribuidos equitativamente y sin destinar un porcentaje importante a los animales que hay en las granjas, podrían suministrar una dieta vegetariana a 6.000 millones de personas, mientras que una dieta abundante en carne, como la de los habitantes de los países ricos, podía alimentar tan sólo a 2.600 millones.

– En 1990, un estudio titulado «The effect of dietary changes on agriculture», calculó que el número de personas alimentadas en un año por cada hectárea varía entre 22 personas para las papas o 19 para el arroz y 1 y 2 personas para la carne de vacuno y el cordero, respectivamente[6].

– En 1971, Frances Moore Lappé, experta en la ciencia de la alimentación, publicó el libro Diet for a Small Planet (Dieta para un planeta pequeño), que con más de tres millones de copias se convirtió en un best-seller. Diet for a Small Planet fue un libro pionero en denunciar que la producción de carne alimentada con grano es un desperdicio y una contribución a la escasez mundial de alimentos por una política alimentaria ineficaz. Comer una dieta centrada en el planeta, sostuvo, es elegir lo mejor para la tierra y para nuestros cuerpos, una acción cotidiana que se encuentra a nuestro alcance para crear un mundo más sano. Francis declaró recientemente en una entrevista televisiva que un bistec de carne debería ser visto como un coche Cadillac. «Quiero decir —explicó—, que seguimos anclados a la idea de los coches a gasolina porque vivimos bajo la ilusión de que el petróleo cuesta poco. Del mismo modo, seguimos anclados a la idea de una dieta basada en carne de animales alimentados con cereales porque pensamos que también los cereales cuestan poco».

– En 1974, René Dumont, economista del Instituto Nacional de Agricultura de Francia, hizo las siguientes declaraciones con ocasión de la Conferencia de las Naciones Unidas para la Alimentación Mundial en Roma: «El consumo excesivo de carne por parte del rico significa hambre para el pobre. Es necesario cambiar esos costosos sistemas agrícolas, suprimir la extensión de tierras dedicada a la alimentación bovina y reducir drásticamente la cabaña ganadera».

– En junio de 1965, se publicó el libro Proteins: Their Chemistry and Politics (Análisis químico y político de las proteínas), donde el Dr. Aaron M. Altschul señaló que, en unidades calóricas por hectárea, una dieta a base de cereales, verduras y legumbres puede alimentar a una cantidad de personas veinte veces mayor que una dieta a base de carne.

«Hay suficiente en el mundo para cubrir las necesidades de todos los hombres, pero no para satisfacer su codicia». Mahatma Gandhi

 

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El concepto de hegemonía cultural en la lucha revolucionaria (Federico Polleri, 2003) https://respuestasveganas.org/el-concepto-de-hegemonia-cultural-en-la/ https://respuestasveganas.org/el-concepto-de-hegemonia-cultural-en-la/#respond Tue, 31 Aug 2010 08:09:00 +0000 https://respuestasveganas.org/2010/08/el-concepto-de-hegemonia-cultural-en-la.html En el siguiente artículo Federico Polleri analiza cómo las élites que controlan el poder crean una hegemonía cultural mediante la que moldean el pensamiento de la población en general.La publicación de este artículo en RespuestasVeganas.Org no implica necesariamente estar de acuerdo con todas y cada una de las ideas expresadas por su autor; sin embargo, considero interesante su publicación por la aportación que puede hacer al movimiento abolicionista por los Derechos Animales (derecho a la salud y a la vida).

El concepto de Hegemonía, en la definición tradicional, refiere a la dirección política o dominación especialmente en las relaciones entre los Estados. El marxismo amplió esta definición a la dirección o dominación entre las clases sociales, y es Antonio Gramsci, quien profundiza el desarrollo de este concepto, tanto que puede considerarse un punto crítico en el desarrollo no solo de su obra sino de toda la teoría cultural marxista.

Gramsci distingue entre dominio y hegemonía, entendiendo al primero expresado en formas directamente políticas y, en tiempos de crisis, coercitivas, y al segundo, la hegemonía, como una expresión de la dominación, pero desde un «complejo entrecruzamiento de fuerzas políticas, sociales y culturales». Para Raymond Williams, intelectual marxista de origen galés, que ha hecho maravillosos aportes a la creación de una teoría crítica de la cultura, la hegemonía es esto, o «las fuerzas activas sociales y culturales que constituyen sus elementos necesarios»(1).

Williams define a una cultura como un «proceso social total», y plantea que la hegemonía va más allá que el concepto de cultura porque relaciona a este proceso con las distribuciones específicas del poder.

De esta manera el concepto de hegemonía cultural revoluciona la forma de entender la dominación y la subordinación en las sociedades actuales. Si bien es cierto que los que detentan la dominación material son también los que ejercen la dominación espiritual, lo que resulta decisivo no es solamente el sistema consciente de creencias, significados y valores impuestos, es decir la ideología dominante, sino todo el proceso social vivido, organizado prácticamente por estos valores y creencias específicos.

La ideología constituye un sistema de significados, valores y creencias relativamente formal y articulado, que conforma una concepción universal o una perspectiva de clase. En el proceso de «imposición» de esta ideología, la conciencia relativamente heterogénea, confusa, incompleta o inarticulada de los hombres es atropellada en nombre de este sistema decisivo y generalizado. Plantea Williams que:

«en una perspectiva más general, esta acepción de «una ideología» se aplica por medios abstractos a la verdadera conciencia tanto de las clases dominantes como de las clases subordinadas. Una clase dominante tiene esta ideología en formas simples y relativamente puras. Una clase subordinada, en cierto sentido, no tiene sino esta ideología como su conciencia (…) o en otro sentido, esta ideología se ha impuesto sobre su conciencia -que de otro modo sería diferente- que debe luchar para sostenerse o para desarrollarse contra la ideología de la clase dominante».

Habitualmente el concepto de hegemonía se vincula a estas definiciones, sin embargo, debe diferenciarse en lo que refiere a su negativa a igualar la conciencia con el sistema formal articulado que es la ideología. Esto no excluye los significados, valores y creencias que propaga la clase dominante, pero no se iguala con la conciencia, no se reduce la conciencia a la ideología dominante, sino que:

«comprende las relaciones de dominación y subordinación según sus configuraciones asumidas como conciencia práctica, como una saturación efectiva del proceso de la vida en su totalidad; no solamente de la actividad económica y política, no solamente de la actividad social manifiesta, sino de toda la esencia de las identidades y las relaciones vividas a una profundidad tal que las presiones y límites de lo que puede ser considerado en última instancia un sistema cultural, político y económico nos dan la impresión a la mayoría de nosotros de ser las presiones y límites de la simple experiencia y del sentido común».

Y quizás la experiencia histórica del llamado «socialismo real», sea una muestra práctica de la incomprensión de la profundidad de los procesos hegemónicos. Si la Unión Soviética hubiese sido capaz de construir una hegemonía cultural alternativa a la que se intentó desplazar con la revolución de octubre, en lugar de atenerse a imponer una nueva ideología dominante, seguramente otra hubiese sido la historia.

En este sentido la hegemonía no es solamente el nivel superior articulado de ideología y sus formas de control y dominio, sino que esta constituye todo un cuerpo de prácticas y expectativas en relación con la totalidad de la vida: nuestros sentidos y dosis de energía, las percepciones definidas que tenemos de nosotros mismos y del mundo que nos rodea. La hegemonía cultural es entonces un «sentido de la realidad». Tanto que Williams llega a afirmar que:

«en el sentido más firme, es una cultura, pero una cultura que debe ser considerada asimismo como la vívida dominación y subordinación de clases particulares».

Dos ventajas se desprenden de la utilización práctica del concepto: En primer lugar, la incorporación del problema de la hegemonía cultural para el análisis de las sociedades actuales y sus formas de dominación, está más a tono con los procesos normales de organización y control social que hoy vivimos. Mucho más que lecturas que aún se sujetan a hacer mecánicos paralelismos entre nuestra realidad y la de situaciones geográficas e históricas muy distantes a nosotros, en general en fases de desarrollo de las tecnologías de la dominación más simples y primitivas. Basta con echar un vistazo a las variadas lecturas que la izquierda hizo de los significados del 19 y 20 de diciembre de 2001 y de todo el proceso de recomposición del poder hasta nuestros días, para dar cuenta de la importancia de mejorar las herramientas conceptuales con las que analizamos los procesos políticos (recordemos que hubo quienes creyeron ver el febrero ruso en el diciembre argentino).

Cuando Gramsci insiste en la necesidad de la creación de una hegemonía alternativa, y desarrolla su idea del pase de la guerra de maniobras a la guerra de posiciones, está entendiendo que con el desarrollo de las sociedades no se podía seguir con las mismas formas de lucha. La incorporación del concepto de hegemonía cultural al análisis político conduce a un «sentido de la actividad revolucionaria mucho más profundo y activo que en el caso de los esquemas persistentemente abstractos derivados de situaciones históricas sumamente diferentes».

En segundo lugar, la apropiación de este concepto, implica un modo completamente diferente de pensar y comprender la actividad cultural como tradición y como práctica. Desde esta perspectiva, el trabajo y la actividad cultural no constituyen de manera habitual una superestructura. No sólo por la minuciosidad y profundidad con la que se vive una hegemonía cultural, sino porque la tradición y la práctica cultural pasan a ser comprendidas como algo más que expresiones superestructurales de una base económica y social determinada. Por el contrario, ahora se hallan entre los procesos básicos de la propia formación, y vinculadas a un área de realidad mucho mayor que las abstracciones de la experiencia económica. El pueblo utiliza sus recursos físicos y materiales en lo que una sociedad define como «ocio», «entretenimiento» y «arte». Desde esta óptica, todas estas experiencias y prácticas culturales, que integran una parte importante de la realidad de una sociedad y de su producción cultural, pueden ser comprendidas tal como son, es decir, sin ser reducidas a otras categorías y sin la característica tensión necesaria para encuadrarlas como reflejos o mediaciones dentro de otras relaciones políticas y económicas determinadamente manifiestas. Y a su vez, esta perspectiva conceptual nos permite, aún cuando no reducimos estas manifestaciones a una superestructura, seguir considerándolas como elementos de una hegemonía.

Advierte Williams los riesgos de llevar el concepto de hegemonía a una «totalización abstracta». Si bien el concepto debe tener una tendencia totalizadora, la abstracción de esto puede llevarnos a una utilización errónea en la práctica. Una hegemonía existente es siempre un proceso, nunca algo estático, inmóvil o inmodificable. «Es un complejo efectivo de experiencias, relaciones y actividades que tiene limites y presiones específicas y cambiantes». Y por otra parte, nunca se da de modo pasivo como sistema de dominación: es continuamente renovado, recreado, defendido y modificado. Así como también es continuamente, resistido, limitado alterado desafiado por presiones que no le son propias. Es por esto que, pegado al concepto de hegemonía, encontramos al de contrahegemonía y al de hegemonía alternativa.

Desde un sentido político y cultural, la realidad de toda hegemonía es que, mientras por definición es siempre dominante, nunca lo es de modo absoluto o exclusivo. En todo momento las formas de oposición o alternativa de la cultura y la política constituyen elementos significativos de la relación de fuerzas general de la sociedad, entendiendo lo alternativo u opuesto como formas que han tenido un efecto decisivo en el propio proceso hegemónico.

«Una hegemonía estática -dice Williams- del tipo indicado por las abstractas definiciones totalizadoras de una «ideología» o una «concepción del mundo» dominante, puede ignorar o aislar tales alternativas y tal oposición; pero en la medida en que estas son significativas, la función hegemónica decisiva es controlarlas, transformarlas o incluso incorporarlas».

Al reconocer esto, es necesario comprender que es un reduccionismo incorporar a todas las iniciativas o prácticas culturales a los términos que plantea la hegemonía dada. Y en esto se diferencia de la superestructura, no todo lo que produce y crea el hombre está integrado a la hegemonía, muchas manifestaciones culturales alternativas se mantienen al margen o se hallan en oposición a la hegemonía, aún sufriendo sus límites y presiones.

Por tanto, «la parte más difícil e interesante de todo análisis cultural, en las sociedades complejas, es la que procura entender lo hegemónico en sus procesos activos y formativos, pero también en sus procesos de transformación. Las obras de arte, debido a su carácter fundamental y general, son con frecuencia especialmente importantes como fuentes de esta compleja evidencia».

¿Cuál es el lugar que ocupa entonces la cultura alternativa, de oposición o contracultura? Puede decirse que todas o casi todas las iniciativas y contribuciones, aún cuando sean manifiestamente alternativas o de oposición, en la práctica se hallan vinculadas a lo hegemónico. He aquí la profundidad de la hegemonía cultural. Para decirlo más simple: la cultura dominante produce y limita a la vez sus propias formas de contracultura.

De todas formas, y aún asumiendo la profundidad de las hegemonías culturales, sería un gran error descuidar la importancia de las manifestaciones culturales que, aunque se encuentren afectadas por los límites y las presiones hegemónicas, constituyen -al menos en parte- rupturas significativas y aún cuando pueden -también en parte- ser incorporadas o neutralizadas, en lo que refiere a sus elementos más activos pueden mantener su independencia y originalidad.

Los desafíos para la cultura revolucionaria son inmensos, la hegemonía cultural instalada en nuestra sociedad tiene bases muy firmes y gran capacidad de renovación. El desarrollo de la estrategia de poder popular nos desafía a potenciar los embriones de contrahegemonía, a construir una poderosa hegemonía alternativa que le permita al bloque popular en formación convertirse en un bloque potencialmente hegemónico. Y aquí nos topamos con una paradoja: para que los esfuerzos populares, nuestras luchas, nuestras experiencias, sean cristalizadas en una hegemonía alternativa del campo popular, es decir, en la constitución de un nuevo bloque histórico, nuestro pueblo necesita de una fuerza política alternativa que sea expresión del pueblo y de los movimientos sociales en la lucha por construir un poder popular. Es decir: la lucha por la construcción de una hegemonía cultural alternativa, no se define exclusivamente en el terreno de la batalla cultural, sino fundamentalmente en el campo de la construcción política. La lucha política, la lucha por el poder, es un complejo proceso histórico en donde el entrecruzamiento de fuerzas sociales, políticas y culturales transformadoras, debe hacer nacer un sistema de fuerzas capaz de oponer alternativa en todos los terrenos en donde el bloque dominante realiza su hegemonía. Saber dirigir los esfuerzos en este sentido, en cada momento político, en cada terreno en el que se manifiesta la lucha, es el desafío intelectual y práctico más importante que tenemos las organizaciones con vocación revolucionaria.

Fuente: gramsci.org.ar – La hegemonía cultural

NOTAS

La publicación de este artículo en RespuestasVeganas.Org no implica necesariamente que se compartan todas y cada una de las cuestiones expresadas en el mismo; sin embargo, consideramos interesante su publicación por la aportación que puede hacer a la causa del movimiento abolicionista por los Derechos Animales.

El 10/08/2010, con motivo del los dos años de funcionamiento de RespuestasVeganas.Org, este proyecto creó el término «interveganismo» y se adherió a él. El interveganismo añade el idioma esperanto y símbolos de unión cultural al veganismo ético, elementos necesarios para que el veganismo no sea visto como una subcultura de las culturas predominantes sino como una cultura independiente, como un pueblo, como una nación cultural sin territorio.

(1) Todas las citas de este artículo pertenecen a R. W. y fueron extraídas del libro Marxismo y Literatura, Buenos Aires: Editorial Península/Biblos, 1977.

BIBLIOGRAFÍA

– Raymond Williams, Marxismo y Literatura, Buenos Aires: Editorial Península/Biblos, 1977.
– Raymond Williams, Palabras Clave. Un vocabulario de la cultura y la sociedad, 1ª ed. – Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión, 2003.
– Antonio Gramsci, Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y el Estado moderno, – 1ª ed. – Buenos Aires: Ediciones Nueva visión, 2003.
– Antonio Gramsci, El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce, Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión, 2003.
– Antonio Gramsci, Los intelectuales y la organización de la cultura, Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión, 2003.

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